1:00 am - sábado diciembre 14, 2019

San Frutos, Colón, mi padre y yo

Written by | 14/11/2019 | 1

 
Hace unos días conocí las Hoces del Duratón. Aquel paraíso apartado de Segovia donde uno se siente más cerca de Dios, en el límite de la tierra y el cielo. Una experiencia que remece los sentidos porque nos sitúa frente al profundo cañón de paredes verticales. Abajo, el río contornea sus caprichosas curvas, mientras en las alturas las aves de rapiña sobrevuelan a la caza de sus presas. El camino blanquecino y el sol ardiente parecen señalarnos las eses de nuestra vida, con avances y retrocesos. La ruta polvorienta nos recuerda el camino hacia el Gólgota, aunque la paciencia y la novedad del panorama nos mantiene firmes para no decaer. En la inmensidad de este paraje todos somos cometas atados a los hilos divinos.

Aquí se halla la ermita de San Frutos, un santo milagroso que, según la historia religiosa, se despojó de sus bienes para vivir con sus hermanos, en humildad y sacrificio. Ahora es un santuario de peticiones, un lugar de peregrinación de muchos creyentes que buscan el milagro del santo y por eso acuden a este enclave privilegiado de esquinas rocosas. Al contemplar este imponente paisaje natural, uno tiene la certeza que las manos del Creador han cincelado una escultura en la tierra y juntado el agua y el cielo. Ante esta magnífica obra de arte divina uno se emociona doblemente, al ver que el río nos devuelve la imagen azulada del cielo salpicado de puntos coloridos de piraguas en competencia.

Para mí esta visita ha simbolizado una meta cumplida, el fin de una etapa y el inicio de otra, después de una larga travesía que inevitablemente me ha recordado el viaje de Colón. Tras la muerte de mi padre y de mi abuela, emprendí el viaje a Madrid un doce de octubre, pero casi seis siglos después que el descubridor. Mientras él llevaba consigo tres embarcaciones: la Niña, la Pinta y la Santa María, yo traía conmigo tres maletas cargadas de historias por tejer y mil ilusiones. Ambos cruzamos océanos y tocamos agua a nuestra llegada. Colón al bajar de la embarcación y pisar las hermosas playas de arena blanca en las Islas de Guanahaní. Yo, al recibir las primeras gotas refrescantes de una esperada y bendita lluvia que reverdeció la amarillenta cabellera de España, castigada por la sequía de aquel año.

Mientras mi viaje fue aéreo y sólo tardó doce horas, Colón habría navegado alrededor de dos meses, con sólo la brújula como instrumento guía. A su llegada, habría lanzado un sonoro ¡Tierra firme!, como discurso efusivo y triunfal para celebrar su hazaña, aunque las últimas investigaciones afirman que no fue el primero. Si el arribo de Colón fue sorpresivo e inquietante para los pobladores de aquellas islas, mi llegada fue esperada y ovacionada por mi familia. La recepción fue interminable y la comida mucho más; en cambio, Colón y los suyos quizás habrían divagado por el lugar en busca de alimentos.

Muchos años después, como concibe la idea nietzscheana del eterno retorno, he emulado la travesía del descubridor que unió América y Europa, para cumplir uno de mis más perseguidos sueños, gracias a la literatura. El emblemático Centro Español del Perú me abrió sus puertas para celebrar el segundo encuentro de dos mundos y presentar allí mi ensayo comparativo titulado Arquetipos femeninos: Francisco Umbral y Mario Vargas Llosa. Obras y vidas paralelas (Editorial Dalya). Un libro-puente que une el mismo código femenino de dos autores que navegaron por las mismas aguas literarias. Así como Colón cartografió los océanos y continentes que atravesó, yo tracé una cartografía de los hitos biográficos y bibliográficos coincidentes en ambos, hasta llegar al mar arquetípico de mujeres por el que navegaron en sus obras.

Coincidentemente a mi llegada, Lima vestía de gala como sede central de tres grandes eventos: la Feria del Libro, cuyo leitmotiv fue el universo de Vargas Llosa; el Festival de Cine y los Juegos Panamericanos, con un excelente despliegue tecnológico, artístico, musical y folklórico. Además del estreno del musical Pantaleón y las visitadoras, que revive con fidelidad la novela. Fue el mejor recibimiento que me tributaba mi país y me recordaba su enorme riqueza y sus múltiples rostros culturales.

Mientras atravesaba este largo itinerario, dos palabras inventadas por mi padre volvían a mi mente, una y otra vez, como un mensaje de esperanza para calmar mi inquietud: despaciedad y calmancia. Él solía pronunciarlas con su didáctica vocación de maestro que siempre le caracterizó, para sembrar en nosotros la lección que sobrepasa el marco del conocido refrán: “la paciencia es madre de todas las ciencias”. En sí, le otorgó a estas dos palabras una suma de acepciones que amplifican los semas de los sustantivos despacio y calma, al agregarles las desinencias: -edad y -nciapara convertirlas en polisémicas. No son simples palabras compuestas, tampoco raíces unidas a un sufijo. Son palabras que generan otros efectos connotativos: paciencia, temperancia, tenacidad, constancia, resistencia, persistencia y quizás algunas más.

En realidad, mi padre quería transmitirnos la historia de Job o recordarnos una de las frases de Plutarco: “La paciencia tiene más poder que la fuerza”. Las nuevas acepciones creadas van más allá del significado “ir despacio” y se aproximan a lentitud, sobriedad, templanza, continuidad, lealtad y, sobre todo, serenidad. Es decir, cuando mi padre decía despaciedad nos instaba a obrar, en todos los casos, con el ánimo sobrio, sereno, templado, sin dejar de lado la firmeza, la continuidad, la fidelidad y la confianza en uno mismo. Avanzar “sin prisas y sin pausas”, pero sin agobios ni desesperanzas, porque el final es semejante al triunfo del que habla Benjamín Franklin: “Quien tiene paciencia, obtendrá lo que desea”. En sí, despaciedad y calmancia han sido mi bálsamo refrescante que me ha acompañado cada día.

Durante este tramo, difícil y satisfactorio de mi vida, confieso que aprendí, disfruté y bebí del manantial de los dos maestros con avidez, aunque también me sentí como Sísifo, pero a diferencia de él, logré empujar dos rocas hasta la cima. La otra cumbre emotiva y feliz ha sido presentar el libro en la Universidad Complutense, donde la presencia de mi madre de casi 90 años, mis hermanas, amigos y público en general, ha marcado otro encuentro de dos mundos una vez más. En este salto de un ciclo a otro, de muchas preguntas sin respuestas y después de conocer este rincón apartado de San Frutos, he entendido que, aunque “la paciencia es amarga, sus frutos son dulces”. El fruto dulce que cosecho ha sido mi leitmotiv, mi Grial, mi propósito perseguido que hoy es una realidad, como la que alcanzó Colón al descubrir el Nuevo Mundo. Ahora comprendo en toda su dimensión lo que mi padre intentaba descifrarme sobre los propósitos de vida que sembró en mí desde la infancia.

Ana Godoy Cossío
Doctora en Literatura Hispanoamericana
Universidad Complutense de Madrid

 

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Filed in: Creación literaria

One Response to “San Frutos, Colón, mi padre y yo”

  1. 17/11/2019 at 18:41 #

    Muy lindo e impresionante tus palabras Dra Ana Godoy , muy útiles para la juventud de antaño y para los de ahora.