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Sol de enero

Written by | 24/01/2008 | Comentarios desactivados en Sol de enero

Ha vuelto la primavera en pleno enero. El sol todo lo invade. Hace calor, a pesar de que uno vea que los termómetros electrónicos de las paradas de autobuses marquen siete grados. Va a ser verdad eso de la sensación térmica, pronto tendremos que deshacernos de los termómetros de toda la vida y sustituirlos por sensores térmicos. El mundo está loco de atar, va cada vez a peor, y aquí no se salvan ni los termómetros, los pobres, que ya marcan por marcar, porque nadie les hace caso.

Y es que esta ciudad ha perdido la cabeza: pasado el mediodía, me encuentro en la Plaza de Jacinto Benavente con que los sudamericanos ociosos que solían reunirse en la plaza para ver pasar las horas y los días bebiendo cartones de vino blanco bajo la rasca de las esquinas de Madrid, ahora han dado con un nuevo pasatiempo. Los veo agrupados en corro alrededor de la casetilla de lo que quizá sea un tanque de agua o un generador eléctrico y que utilizan como mesa. Me acerco, como quien no quiere la cosa, y los descubro jugando al póker. Apostando y todo, a la vista de los euros que se ven en el centro de la mesa improvisada. Me sonrío mientras me alejo. Una timba callejera. Tal vez algún día, con más tiempo y menos obligaciones, estaría bien unirse a ellos y jugarse unas monedillas al abrigo del sol de enero. Después de todo la vida es juego, ¿no lo dijo Calderón?

Muchos escritores, de esta simple anécdota, se sacarían de la punta de la pluma una moraleja muy sesuda y trascendental, imaginarían las historias de estos infelices, sus fatigas en sus países de origen, el cruce del charco, las penalidades al llegar a España, la falta de trabajo, sus tristezas y zozobras. Incluso podrían llegar a armar, tirando de oficio, una novela de contenido social con cierto dramatismo. Lo malo es que uno es más de Valle-Inclán que de los otros, más del esperpento que del folletín, más de la imagen que de las mil palabras.

Otra imagen: llego a la Puerta del Sol y me encuentro, para mi más absoluta estupefacción, con dos rickshaws aparcados en plena bocacalle de Preciados. Increíble. No me equivocaba: esta ciudad ha perdido la cabeza. Aunque, bien pensado, el bici-taxi como alternativa al taxi y sus precios prohibitivos podría cuajar. Lo malo es que existe el metro, al contrario que en la India, donde el rickshaw suple la falta del transporte subterráneo y además le permite a uno adentrarse en calles polvorientas, sin asfaltar y llenas de socavones, infranqueables para un taxi, sin sufrir demasiados percances. Ni puedo imaginarme la cantidad de veces en las que me pude montar en un rickshaw durante mi periplo indio de dos meses bajo la solana y la humedad del país. Más de una vez nos tuvimos que bajar mi compañero y yo para ayudar al sufrido conductor, cuyos músculos de alambre parecían derretirse al sol, a empujar el rickshaw, cargado con nosotros y nuestras mochilas de treinta kilos, en alguna cuesta arriba imposible.

En fin. ¿Rickshaws en Madrid? Tal vez como atracción turística por el centro de la ciudad cuele, como han colado entre los guiris el alquiler de bicicletas de color rosa con cestita de mimbre en el manillar. Y me temo que no voy desencaminado, porque los conductores con los que me crucé, ataviados con ropa cara y con pinta de trotamundos surferos, tirados a la bartola a la espera de que alguien requiriera sus servicios, eran dos fornidos hombres, a todas luces foráneos, de color. De color negro, vamos. Negocio de extranjeros. Negocio para extranjeros.

Más tarde, el sol, al morir la tarde, se reflejaba en las fachadas de los edificios de la Plaza de España con pinceladas gruesas de vinos y rosas en los cristales. Las paredes ardían en un fuego como líquido luminoso, que no quema. Un día más, uno vuelve a comprobar que los crepúsculos de Madrid son los más bellos del mundo.

Regreso a casa, ya de noche, muerto el sol, y, a mi paso por la Plaza de Jacinto Benavente, vuelvo a sonreírme al ver a los jugadores andinos, horas después, que continúan con su partida de póker callejero, esta vez a la luz ámbar de las farolas. Justo después, al pasar por mi lado a la salida del supermercado, oigo de pasada una conversación de una mujer joven con la que parece su hija, una niña de apenas cuatro años:

―¡Cuántas cosas hemos comprado! ―dice la niña, cargada con una pequeña bolsa de chucherías.

―Sí ―responde la mujer, con bolsas de la compra en ambas manos―. No sé qué habría hecho sin tu ayuda. Verás cuando se lo digamos a papá Jaime…

Sus palabras me dieron qué pensar, y, ciertamente, algo de todo eso me entristeció. Aquella niña tendrá un papá, que no es papá Jaime, pero no podrá estar hoy al borde de su cama para darle el beso de buenas noches ni velar sus sueños infantiles.

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