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Tolkien, el deseo de contar

Written by | 05/03/2019 | Comentarios desactivados en Tolkien, el deseo de contar

John Ronald Reuel Tolkien, recuerdo la sensación de extrañeza al leer ese nombre por primera vez en la contraportada de El Señor de los Anillos. Yo tenía tan solo once años por entonces y ante mí se abría, sin que lo supiera, la puerta a un mundo mágico lleno de maravilla. Mis padres se acaban de hacer socios de Círculo de Lectores y como parte del primer pedido, recomendados por el servicial agente del Círculo, llegaron a mis ávidas manos El hobbit y El Señor de los Anillos. Tolkien, solo leer aquel nombre ya inspiraba algo mágico en mí. Mis progenitores no podrían haber hecho una mejor elección. Fue una elección que marcó mi vida. Aquel libro perdió sus páginas por el mucho uso, y el mucho abuso, sufrido a lo largo de los años, revisadas una y otra vez. Confieso que durante una época de mi vida leí El Señor de los Anillos una vez al año y aún ahora lo releo de vez en cuando. No creo que haya muchos libros que consigan conectar tanto con sus lectores al nivel en que la obra de Tolkien conectó conmigo y ha conectado, conecta y conectará con un número inabarcable de lectores.

Se podrían escribir muchas cosas acerca de Tolkien, su obra y su vida. Por ejemplo, podríamos centrarnos en su historia de amor con la que fue su mujer, Edith, y la prohibición de su tutor de verla hasta que no cumpliera su objetivo de entrar en Oxford, que el autor plasmó en la historia de Arwen y Aragorn, en El Señor de los Anillos, y en la de Beren y Lúthien, en uno de los cuentos vertebrales de su gran sueño: El Silmarillion. Podríamos ocuparnos de su participación en la primera Guerra Mundial, donde murieron la gran mayoría de sus amigos íntimos, y su regreso a casa después de sufrir la fiebre de las trincheras. Reseñable es su vertiente de profesor de Oxford y su faceta como lingüista y creador de lenguas, sin duda uno de los más importantes de la historia, toda su obra está basada en la importancia de los lenguajes. También se podría hablar largo y tendido sobre su círculo de amigos los Inklings, grupo de académicos y escritores británicos de la época, entre los que se contaba C.S. Lewis, autor de Narnia. Además, nos podríamos asombrar con su capacidad para crear mundos nuevos, en lo que aún hoy su maestría y precisión son inigualables, o en su innegable calidad meramente literaria. Referente y piedra angular sobre la que se aposentó toda el género fantástico que vino después y que hoy goza de tan buen pulso con autores como Neil Gaiman, George R.R. Martin, Stephen King, Patrick Rothfuss o Brandon Sanderson, todos ellos mencionan a Tolkien entre sus influencias. Pero me centraré en este artículo en su capacidad para contar historias, pues a mi modo de ver, Tolkien es un contador de historias sin igual. El mismo autor en su prefacio para El Señor de los Anillos escribía: «El primer motivo fue el deseo de un cuentista: probar la mano en una historia realmente larga que mantendría la atención del lector, lo divertiría, lo deleitaría; y a veces quizá lo excitaría o lo conmovería profundamente». Y vaya si lo consiguió, por lo menos en mi caso, porque un niño de once años leyó El hobbit deleitándose y después, sin solución de continuidad, devoró las páginas de El Señor de los Anillos con toda su atención, divirtiéndose, sufriendo, excitándose y conmoviéndose como nunca ningún otro libro o autor lo había conseguido antes y casi ninguno lo consiguió después.

Recuerdo todavía la sensación de vacío que quedó en mí cuando terminé la historia de Frodo y el Anillo. Estaba desolado como si hubiera perdido a unos amigos muy queridos. Mi madre notó mi tristeza y cuando le conté lo que me pasaba, me dijo: «Pues léelo otra vez». Nunca me dieron tan buen consejo. Aguardé unos meses, disfrutando de la espera, el momento de reencontrarme con mis amigos, y cuando ya no pude aguantar más, volví a empezar la lectura del libro, que saboreé todavía en mayor medida, y así lo he seguido haciendo, siempre tranquilo de que mis viejos amigos se encontraban allí esperándome.

Ningún otro libro ha vuelto a dejar ese poso en mí. Supongo que el grado en que te gusta, o no, una novela depende del momento en que se lee y para mí este libro llegó justo en el momento preciso. Entiendo que gente que lo ha leído con más edad no termine de congeniar con el libro, que les parezca excesivamente largo, pretencioso o demasiado descriptivo, pero a todos los que nos atrapa, que somos legión, lo hace para siempre. Solo hay que ver el éxito rotundo de las películas, canciones, videojuegos, merchandising, la próxima adaptación en forma de serie, la serie con el presupuesto más alto de la historia, que se nos viene encima en el año 2020, o la película sobre la vida del autor que está a punto de estrenarse.

Su obra ha dejado huella en materias tan dispares como geografía moderna, ecologismo, mitología, filosofía, lingüística, pacifismo o religión.

John Ronald Reuel Tolkien cambió mi forma de ver el mundo con su deseo de contar historias y me inoculó ese veneno, pues mi destino para bien o para mal, quedó sellado con lacre cuando cerré la última página de El Señor de los Anillos una vez finalizada su lectura. Yo quería hacer eso. Quería ser escritor y hacer que otros sintieran lo mismo que había sentido yo al leer aquel libro, y a eso he dedicado mi vida. A intentar seguir la senda de Tolkien lo mejor que he podido o sabido.

Como yo, muchos son los autores que sienten el deseo de contar gracias a Tolkien, quizá esos escritores lleguen a conectar de igual manera con sus lectores, empujándolos a dedicar su vida a la literatura dando un nuevo giro a una rueda que nunca debe cesar de girar. Eso, sin duda, es algo que debemos reconocerle eternamente.

Esteban Díaz

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