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Troppo vero, de Andrés Trapiello

Written by | 16/06/2010 | Comentarios desactivados en Troppo vero, de Andrés Trapiello

No es frecuente descubrir escritores como Andrés Trapiello, que proporcionen momentos de lectura tan placenteros y sosegados. Novelista, ensayista y poeta, quizá la cima de su literatura la alcanza con sus diarios, publicados por Pre-Textos bajo el título genérico de Salón de pasos perdidos, de los que Troppo vero es su decimosexta entrega. En ellos, el autor retrata una rutina humilde, la del escritor encerrado en su piso del centro de Madrid, trabajando incansable día tras día volcado en sus escritos, hilvanando pensamientos y palabras que nacen entre las sombras y el vacío de cuatro paredes blancas y solitarias, tapizadas de libros viejos.

Lo extraordinario es que Trapiello esboza esa vida cotidiana con un esmero sin ambages, cargado de un spleen tan doloroso como balsámico para el lector, que siente que esa existencia plomiza que se describe es como la de uno, un reflejo fiel de nosotros mismos aferrándonos al triste consuelo de no encontrarnos solos. A poco que se sea sensible a la buena literatura, la lectura de estos diarios no puede dejar a nadie indiferente, porque la belleza se puede expresar con más adornos, pero no mucho mejor de como lo hace Trapiello. Es la lírica de los tiempos muertos, de los paseos por el bulevar, de esas horas interminables de los días en los que no pasa gran cosa, días vacíos que en sí mismos no son nada, pero que plasmados en el papel unos seguidos de los otros van conformando eso que él mismo llama vida, una novela en marcha.

Y no tiene por qué hablar de grandes cosas ni manejar conceptos complejos, pero su tono reflexivo, casi hipnotizador, y su estilo, sencillo y sutil, afianzado en la contemplación, tejido en los silencios, posee esa rara capacidad de prestar atención al ruido del mundo, de ver lo que normalmente escapa al ojo distraído por el velo de lo mundano, como quien entiende el lenguaje de los pájaros, y de separar sus frecuencias, modulándolas, amplificando las que nadie más escucha hasta hacerlas audibles. Estaba en lo cierto aquél que decía que a un escritor le basta con tener vista y oído. Ése es el secreto de los poetas. Hay escritores a quienes la naturaleza no concedió esos talentos y porfían por envolver sus textos en la farfolla que conforma el ensordecedor ruido del mundo, contribuyendo así a cubrir aún más esas frecuencias amortiguadas y secretas, ultrasónicas, y con ellas a quienes son capaces, como Trapiello, de descubrirlas, comprenderlas y contarlas.

(Aparecido en Cuadernos del Sur, suplemento literario de Diario Córdoba, 12 junio 2010, p. 6)

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