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Una hora con Ramón Tamames

Written by | 06 November 2016 | Comments Off

Ramón Tamames

         La última entrevista que le he hecho a Ramón Tamames, la segunda en realidad, la entrevista en la que se basa el presente artículo, nació de una comida con Raúl del Pozo, Rafael Ramonet y el periodista de Libertad Digital Jesús Úbeda. En efecto, yo ya le había entrevistado para Época, y me había resultado muy interesante el encuentro, pero en la comida con mis amigos pude ver a un Tamames diferente, diferente al “entrevistado”. Un hombre que siempre tiene un comentario para todo lo que se dice, algo interesante, profundo, a veces conectado con la ciencia o la Historia, por supuesto la economía, pero no necesariamente, a veces, muchas veces con la actualidad.

Ramón Tamames está permanentemente al día, pero parece que al día de lo de hoy y de lo de ayer. Con el tiempo, no mucho tiempo, pude descubrir -o eso me parece a mí- que la clave está en su curiosidad hacia todo, hacia el mundo, hacia la Naturaleza, hacia el hombre y su actividad. No muy distintos me imagino yo a los sabios del pasado. Tamames, para mí, es un sabio del presente. Y un hombre con la mente abierta, muy abierta. Cuando yo le hacía cualquier comentario, sugerencia, relacionada, por ejemplo, con nuestra entrevista, o con el artículo que pensaba escribir basándome en ella, a él le parecía bien. “Muy bien”, me decía. “Muy bien”. Con lo que me daba una extraña confianza.

Creo que Tamames es además un amante de la escritura, del conocimiento, de los escritores. Me enseñó en su casa, por ejemplo, las Etimologías de San Isidoro -”lo que sabía este hombre”, me dijo-, la primera edición de La Regenta, cuya “segunda parte” escribió él hace unos años -lo publicó en 2000 en la editorial Sial- , con prólogo de Francisco Umbral. También me mostró una edición antigua -no sé si la primera- de las memorias de su querido Pío Baroja, en Biblioteca Nueva.

Tamames es un hombre en constante movimiento, y cuando digo movimiento, quiero decir físico pero también intelectual. Es un hombre cuya actividad es constante, o así lo vi yo y así lo leo en los libros suyos que tengo.

Ramón Tamames

Fui a su casa el mismo día que invistieron presidente a Rajoy en el Congreso, el día de las famosas abstenciones del PSOE, el 29 de octubre de 2016, en medio de un puente, un puente que yo dediqué, en gran parte a leerlo y a escribir sobre él.

Su casa es amplia, desahogada, bonita, muy luminosa. Y su despacho está lleno de objetos, de libros, de mapas, de figuras, todo muy abigarrado, muy sugestivo. Le hace honor perfectamente. Pero yo creo que de lo que más orgulloso está es de su jardín, en la terraza. Pienso en los antiguos sabios, los que se retiraban del mundo y cuidaban su huerto, el sabio del que habla Fray Luis de León en la Oda a la vida retirada. Pero ni Fray Luis ni Tamames se han retirado del mundo, más bien al contrario. Quizá vivan, al mismo tiempo, al margen de él, para hacer sus estudios, para reflexionar, para observarlo maravillados, pero también muy dentro de él, participando, aportando, viviendo la aventura de vivir. Yo creo que a Tamames le apasionan las intervenciones en los medios de comunicación, y por supuesto la escritura de sus libros y artículos. Sin ellos, sospecho, no podría vivir.

Mientras me enseña su casa le escucho atentamente, tratando de no perder detalle de todo lo que me muestra y de todo lo que me dice. Tamames es un hombre en el mundo, con los pies en la tierra, con todo el realismo, pienso yo, que le confiere su especialidad, su saber económico, pero al mismo tiempo es soñador, utópico. Mucho, me parece a mí. Ése fue el titular que destaqué -no sé si luego la publicaron con otro- cuando lo entrevisté para Época hace unos ocho años: “Todos tenemos una componente utópica”. Allí decía que, según Tomás Moro en su libro, y aunque se suele pasar por alto, la utopía no era un imposible, sino que era realizable, con esfuerzo, pero realizable.

Es un hombre afable, muy abierto, lleno de ideas, de asociaciones, de relaciones, en su cabeza. Su mundo no sólo es el económico, sino que abarca muchas otras disciplinas. La Historia, la Literatura, el Periodismo tal vez, se me  ocurren ahora… Y le encanta maravillarse con las plantas de su terraza, por ejemplo con esa larga parra que yo vi muy roja y que recorría una larguísima pared. Quizá es que tiene el don de la curiosidad y del asombro, y de ahí le venga todo, todo su conocimiento y su capacidad de trabajo.

Ramón Tamames

Es amable, simpático, muy simpático. Me da la impresión de que Tamames es incapaz de odiar a nadie, que a todos perdona con su mirada comprensiva hacia el mundo y sus seres, entre ellos los humanos, llenos de imperfecciones, pero también de grandezas. Tamames, me parece, no deja de asombrarse y de admirar las grandezas del ser humano, pero, en correspondencia, no deja de perdonar sus miserias.

Le pregunto si es optimista. Me contesta que sí, que gracias a eso puede seguir viviendo… sonríe. Yo le digo que es un “optimista, pero con datos en la mano”. Yo también soy optimista, y creo que a los optimistas no siempre se nos entiende o se nos acepta. Quizá, secretamente, se nos envidia. Pero se vive mejor siendo optimista, se es más feliz, aparte de que pienso que se aporta más.

Me regala sus memorias, Más que unas memorias, que me hacen mucha ilusión y que  ya he comprobado que son muy interesantes y bien escritas, más de setecientas páginas pero de ágil lectura. Escribe en la dedicatoria: “A Eduardo Martínez-Rico, escribidor, como yo, con un abrazo. Ramón Tamames.”

Hablamos de sus libros, del país, de Podemos, del futuro de España, de lo bien que va la economía. Hoy he leído en el periódico que este año creceremos más que el anterior y que Rajoy, a final de año, va a poder presumir de ello.

No tomo notas, no grabo. “Se ve que tienes una buena cabeza de entrevistador -me dice al final de nuestro diálogo-, porque no has tomado ninguna nota.” Me apetece hacer una entrevista-semblanza un poco al estilo de las que hacía Ruano, por ejemplo, en Las palabras quedan, magnífica serie que publicó Mapfre hace unos años. Le pregunto a Tamames si lo ha leído. “No, mándame la referencia.” Siempre la curiosidad en él, el espíritu abierto, o la mente abierta, el querer saber. Tamames está abierto al mundo, y ése creo que es uno de los secretos de su éxito, y de su felicidad, porque yo creo que Tamames es feliz, muy feliz, y probablemente, por unos motivos o por otros, seguramente por su forma de ser, lo ha sido siempre.

Hago fotos. De la casa, de la terraza con jardín, enorme y rodeada de cristalera. Fotos del propio Tamames. En la primera y hasta ahora única entrevista que le hice, para Época, dije que parecía un pintor. Fue una intuición, porque Tamames sí que es pintor, o al menos lo fue, “pintor de domingo”, me dice. Lo dejó hace años, pero siente nostalgia de aquello y cualquier día compra una caja de pinturas y vuelve a pintar.

Ramón Tamames

En la entrada de su casa tiene un mapamundi, detalle que ya me gusta mucho. Es un buen recibimiento, y dice mucho del inquilino. Expresa un poco, creo yo, su curiosidad por el mundo y por todo lo que contiene, seguramente también su amor por él. Nuestra Madre Tierra.

Hablamos de Baroja, que le encanta y a quien conoció. En sus memorias hay páginas muy bonitas sobre Baroja. Allí lo llama “maestro de la vida”.

También hablamos de Umbral, nuestro amigo común. Umbral valoraba mucho a Tamames, y me parece que Tamames también admiraba mucho a Umbral, aunque, es curioso, me parece que sus gustos literarios no coinciden demasiado. Ya Baroja les diferencia en este sentido. Tamames adora al vasco, mientras que Umbral lo desprecia, y quizá por las mismas razones. Creo que Baroja era el novelista puro, y Umbral no apreciaba demasiado la novela, la novela pura, digamos, la novela tradicional. Aparte de que Umbral era un estilista, un poeta en prosa, mientras que Baroja era el narrador puro, aquel que subordina todo a la narración, a su efectividad.

A Umbral le importaba sobre todo la belleza de la palabra, la metáfora, etc. Baroja quería hacer sus historias amenas, fundamentalmente, “no aburrir”, como decía él. Umbral tiene una escritura atildada, aparte de la hermosura de su factura; la de Baroja está llena de imperfecciones gramaticales, descuidos estilísticos, estructurales, de composición… pero es efectiva, muy efectiva, y el lector lo lee con agrado, con placer. Umbral no apreciaba excesivamente el género de las novelas, y nunca las leyó mucho. Baroja es, según algunos críticos, el novelista español por excelencia del siglo XX.

Tamames, de chico, descubre La busca  y se queda prendado de Baroja. Luego quiere conocerlo y no desiste hasta que lo consigue. A lo largo de su vida conocerá muchos escritores, y él mismo se considera escritor. En el fondo escribe en la línea de Baroja: sencillo, ameno, claro, como un buen narrador. Esto se ve muy bien en sus memorias, que ahora leo, por fragmentos, como el que busca pepitas de oro. Y las encuentra.

Muchas pepitas.

Eduardo Martínez Rico

Ramón Tamames

 

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