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Verano del 15 (Virginia Woolf en Monk’s House)

Written by | 29 May 2016 | Comments Off


Angelica Garnett, Vanessa Bell, Clive Bell, Virginia Woolf, John Maynard Keynes y Lydia Lopokova en Monk’s house

Con sus verdes colinas hasta donde alcanza la vista, el condado de Sussex Oriental es una de las zonas más bellas del sur de Inglaterra. Es comprensible que Virginia Woolf y su marido Leonard eligieran en 1929 una casa a las afueras de Rodmell -para descansar de su atareada vida en Londres- en la que poder escribir y recibir a sus amigos hasta que en 1940 se instalaron definitivamente en ella huyendo de los bombardeos de la II Guerra Mundial. Dijo Virginia Woolf que todo lo que necesitaba una mujer para ser independiente era una habitación propia y algo de dinero, frase que supuso una de las bases del feminismo, pero Woolf fue algo más que una abanderada del movimiento de emancipación de la mujer a principios del siglo XX. Luchó por la igualdad de la mujer pero también por la implantación en su país de ideas progresistas que mejoraran la calidad de vida de los habitantes de los barrios desfavorecidos en los que daba clases o ayudaba a preparar manifestaciones.

Aquella casa de Rodmell, a la que llamaron Monk’s House, se mantiene hoy día como si Virginia Woolf y los que la acompañaron se acabasen de marchar. Las estancias de la casa están llenas de pequeños objetos que permiten rastrear su vida diaria, pequeños retazos de una existencia que a pesar de haber tenido todos los elementos para ser plena terminó, para Virginia al menos, de manera trágica.


Escritorio de Virginia Woolf en Monk’s House, en la actualidad

Fueron muchas las personalidades que visitaron la casa en la que vivieron buena parte de sus últimos años Virginia y su marido Leonard. También acudían a la cercana Charleston House, en el distrito de Lewes, centro del grupo Bloomsbury. Una de aquellas visitas debió ser la de Ludwig Wittgenstein, cuyo famoso Tractatus logico-philosophicus traté de leer hace más de diez años. Un filósofo que a pesar de haber pasado media vida al borde la demencia -que casi todos sus hermanos sufrieron-, pese a carecer de las instrucciones del juego de la vida necesarias para poder integrarse en la sociedad, con su misantropía, su tendencia a la soledad, y aunque fuese compañero de pupitre de Hitler, a pesar de todo ello, repito, a su manera tuvo una vida plena. Su última frase la susurró a su médico: “Decid a los amigos que fui feliz”. Por el contrario Virginia Woolf tuvo una vida que se podría calificar de excelente en el aspecto literario y social. Se casó con un buen hombre que entendió sus desequilibrios, conoció el éxito de ventas y de críticas, pero acabó con su vida tirándose a un río cercano. La lección de sus vidas es que el infierno y el paraíso están dentro de cada uno.

Cuando el verano pasado fui a Monk’s House estuve un rato sentado en el porche de la casita del jardín donde Virginia escribía, observando a mis hijos jugar en el césped, riendo y gritando, mientras mi mujer visitaba la casa principal. Pasado un rato me levanté y en el libro de visitas que hay al lado del cuarto donde Virginia Woolf trabajaba todas las mañana escribí lo siguiente: “Decid que fuimos felices. Verano del 15. Fernando”.

Fernando Ull Barbat


Cabaña donde escribía Virginia Woolf en Monk’s House, en la actualidad

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