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El rincón de los amantes, en los Jardines de Luxemburgo (París)

Written by | 20 February 2013 | Comments Off

rincon amantes jardines luxemburgo paris

Sonó el despertador. Las diez de la mañana. A veces uno incluso maldice despertar, inconsciente de su insensatez. El albor grisáceo y cegador se colaba por el hueco de la cortina. Oí a las chicas parlotear y levantarse. Volví a recordar: París, la llovizna, Nochevieja, los Campos Elíseos. Me quedé unos minutos más en la cama paladeando esos pensamientos, que eran imágenes sincopadas que iban y venían como un lánguido oleaje onírico, igual que resonaban en los oídos los pasos cercanos, pero a la vez tan remotos, de mis compañeras de habitación. Creo que en aquel momento, sin saber por qué, fui feliz. A veces la felicidad se presenta así, de manera estúpida, sin avisar.

El día de año nuevo se nos presentó algo fresco, y decidimos tomárnoslo con más calma. Las jornadas anteriores ya habíamos visitado la mayoría de los puntos establecidos en el plano como obligatorios, de manera que acordamos regresar a alguno de los lugares donde habíamos estado. Yo expresé mi deseo de regresar a los Jardines de Luxemburgo, puesto que el día de antes había escrutado desde lejos un bonito rincón oculto entre las sombras de los árboles que las prisas no me habían permitido inspeccionar con detenimiento.

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Los Jardines de Luxemburgo, situados en el Barrio Latino, constituyen, con permiso de las Tullerías, el área ajardinada más céntrica y popular de París, a unos cien metros de la Sorbona y del Panteón. Alberga el Palacio de Luxemburgo y el Senado francés, y el complejo fue construido en el siglo XVII para María de Médici, quien, merced a la inmensa riqueza de su familia, dueña de un banco con sucursales en toda Europa, compró poco a poco los terrenos adyacentes y los convirtió en el enorme conjunto de jardines que conocemos hoy. Coníferas y álamos, bancos y albercas, fuentes y palomas comparten el espacio del parque, salpicado aquí y allá por esculturas clásicas de divinidades griegas, fiel al estilo neoclásico de la Ilustración, al igual que la arquitectura del palacio ubicado en el centro del recinto.

Cerca de uno de los laterales del palacio se encontraba la gruta que había vislumbrado el otro día. No había nadie en su interior. Se conoce que es un rincón apartado, un paraíso cerrado para muchos. Hasta allí conduje a las chicas, que se sorprendieron gratamente, también yo, ante aquella maravilla.

Se trataba de un estanque alargado que terminaba en una fuente colosal, de varios metros de altura y motivo mitológico, flanqueado longitudinalmente por dos hileras de árboles pelados por el invierno. En las aguas del estanque una simpática familia de patos nadaba a su aire, y en el fondo, transparente, de tintes pardos, cubierto por un lecho otoñal de hojas secas, peces oscuros. Toda la escena se nos aparecía enmohecida, manchada de decadencia, como todo en París.

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La fuente, llamada Fontaine Marie de Médici, era de proporciones ciclópeas, tal vez por estar en ella representado el cíclope Polifemo, de mirada furibunda y titánica, que según cuenta la fábula se enamoró de una nereida, Galatea, una joven divinidad marina de gran hermosura y piel nívea que habitaba en las aguas calmas sicilianas. El corazón de Galatea pertenecía, sin embargo, al apuesto Acis, hijo del dios Pan. Y en una ocasión, cuando los amantes se hallaban retozando sobre la arena de la playa, fueron descubiertos por Polifemo. Acis, asustado, intentó huir, pero el monstruo de un solo ojo, cegado por los celos, le lanzó una enorme roca y lo aplastó brutalmente. Desesperada por el dolor, Galatea transformó la sangre de su amado muerto en el río Acis, que todavía hoy continúa en Sicilia su curso hasta el mar, al encuentro eterno con su amada en su desembocadura.

Se estaba bien allí, mientras las sombras del crepúsculo cubrían el suelo embaldosado con hojas muertas. Acaso en primavera, con los árboles cargados de voluptuosidad verde, el efecto fuese aún más espectacular, pero en invierno resultaban insoslayables su poderoso encanto y su belleza.

Se trataba de uno de esos lugares tristes en los que se podría pasar uno toda la tarde escribiendo, leyendo o contemplando el vuelo de las palomas y el chapoteo de los patos sobre las aguas del estanque.

Tanto daba. El caso era estar allí, inhalar un poco de la paz que emanaba de aquel rincón sombrío y solitario. Sentarse en uno de los bancos y dejar pasar el tiempo en balde.


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