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¿Y quién se atreverá a reconocerse como políticamente correcto?

Written by | 04 December 2015 | Comments Off

¿Conocen a alguien que se defina a sí mismo como políticamente correcto? Así, a bocajarro, sin contexto que medie, como, por lo demás, viene siendo habitual. No, claro que no. Implicaría un desatino social, casi como aceptar que uno sea un remilgado, un meapilas o un plasta, todos ellos, por cierto, apelativos bastante antipáticos y muy poco cool. Este matiz es importante.

Lo curioso es que nadie negará que vivimos una época absolutamente condicionada por las pautas de la corrección política. ¿Entonces? ¿Se trata de un verbo sin sujetos? ¿De una pandemia sin portadores? Por descontado, aquí no se ha inventado nada nuevo: la censura (el tabú) es tan vieja como el mundo. Como también lo es su excedente, ese sutil mecanismo de supervivencia, de prefijo pasivo y silencioso, que supone la autocensura.

Naturalmente, un foco de la propagación apunta a las universidades, bien sobradas de hermeneutas del cabreo, tan dados a desenmascarar las ideologías intrincadas en cada texto, con cierta propensión a la obviedad. Que Doris Day era una tremenda cursi, y producto femenino de una sociedad patriarcal, es algo que ya habíamos percibido solitos con más guasa que escarnio. Para qué añadir más: no vemos la misma película. Y siempre será una pérdida de tiempo argumentar ante quien ha perdido ese punto de ternura tan parecido al sentido del humor.

Mucho más interesantes resultan aquellos activistas de lo políticamente correcto que no reconocerían serlo, aun ejerciendo sus pautas de manera cotidiana. Así, sin darse cuenta. Estamos ante un nuevo género de exigidores de banda ancha que disfrutan apuntando con el dedo, para vanagloria cívica, al alcance de un público que antes les hubiera resultado impensable, a fuerza de inmerecido. Su cantinela se repite como un mantra: es una declaración vejatoria contra…, es indignante que…, es un escándalo como…, no debería admitirse…

Detrás de tanta afectación (sinónimo, por cierto, de cursilería) resulta difícil no advertir cierto déficit de atención y una escabrosa tendencia a entregarse sin concesión a causas siempre mayores y siempre justas. Estos Torquemadas de guante de látex y huella estéril se dedican a ejercer una ética que exige mucho, y sobre todo, al otro, bajo la coartada del civismo. Como si el holgado ámbito de lo impersonal, de lo abstracto, o, dicho en rasante, de internet, no les obligase también a rendir cuentas a ellos mismos.

El que ha salido peor parado de estas embestidas es, precisamente, el lenguaje, ahora sometido a continuos litigios que tratan de coartar su carácter abierto y evolutivo. Hasta alguno ha promovido eliminar, directamente, las palabras que resulten ofensivas del diccionario, bajo la premisa, un tanto atolondrada, de que si cae la palabra, caerá la idea que la origina. Bonita época le ha tocado vivir a los académicos de la RAE.

Antes, al menos, bastaba con quemar libros en la hoguera, o, para mayor juerga, a sus autores. Cierto es que el siglo XX supo hilar con depurado oficio las mortajas de la censura, como nos contó Orwell disfrazado de ficción, pero detrás había siempre una doctrina, un credo, una pretensión racial o la afición del tirano a perpetuarse en el trono.

La gran diferencia es que detrás de estos nuevos adalides de pureza no encontramos un claro grupo de afiliación. Lo políticamente correcto no admite definición cerrada. Puede verse como una cosmovisión de valores basada en la ortodoxia, cuya máxima esencial se basa en no ofender a minorías ni a grupos históricamente estigmatizados. Más que definirse a favor de algo, rechazan lo que perciben como negativo en otros. Para ello, no solo aceptan, sino que promueven tabúes, encomendándose al fértil universo del eufemismo para no herir susceptibilidades. Con ligera condescendencia, dicho sea de paso.

A quién iba a extrañar. En la engorrosa tarea de forjar la propia identidad (hecho social por definición) resulta, indudablemente, mucho más sencillo definirse a la contra que andamiar una propia estructura de valores. Como ese adolescente atribulado que, portazo mediante, defiende la única convicción de no parecerse a esos señores tan pesados que son sus padres. Bastará con cambiar ese portazo por 140 caracteres para comprender mejor el panorama.

Porque, lo cierto, es que ese buenrollismo naif se ha terminado convirtiendo en un proselitismo inquisitorial y bastante cafre, que actúa como predador de libertades ajenas. Ya sabíamos que el sufijo -ismo se inflamaba con suma facilidad (tuvimos un siglo enterito para aprenderlo), pero lo que no sospechábamos era que hubiese tantos -ismos como usuarios en las redes sociales. Por eso, hoy más que nunca, conviene recordar que la indignación no es una ideología, sino un estado de ánimo. O muchos estados de ánimo.

Decía el filósofo francés Pascal Bruckner que una sociedad de pretensión igualitaria es, por definición, envidiosa: uno siempre querrá aquello de lo que carece. Y el rencor y el odio no suelen caer nunca demasiado lejos de la envidia, ya prácticamente institucionalizados como derechos democráticos. No puede haber, pues, causa más justa que estar pendiente del contrario/enemigo con reflejos saltones y un silbato en la boca.

Esta resignada nostalgia de sentido común, de mirada limpia y festiva, se topa con la otra cara de la moneda: la de los que se empeñan en ser políticamente incorrectos como si de un galardón de temeridad se tratase. De ahí a llenarse la boca cada vez que sueltan un puta, un maricón, un subnormal, no va tanto. En el peor de los casos, apuntan a herir con delatada bajeza, y en el más trivial, aspiran a provocar, despertando, a estas alturas, más tedio que asombro. Otros que aburren. Los extremos se tocan. Y cuando el negro y el blanco se abrazan, solo cabe bostezar: así nació el gris.

Pero un gris muy turbio, además. La espuma de la indignación estalla fácilmente al verse zarandeada por ese royalty veleidoso en que se ha convertido “lo espontáneo” en nuestros días. Esto es lo que siento. Ese tuit me ha dolido. Ya no importa si una canción es buena, sino si me ha llegado. Semejante catarata de gerundios emocionales, o lo que es lo mismo, caprichosos, conduce, sin apenas roce ni desgaste, hacia un relativismo muy poco dado a la reflexión. Y en el que todo cabe sin contradicción aparente. Pero bajo esta perspectiva resulta pasmoso que logre tener acomodo una ética de dogma cerrado, como, sin embargo, impone lo políticamente correcto. Y los políticamente correctos.

Apenas sorprende ya encontrar a gente rasgándose las vestiduras por vilipendios inexplicables, mientras, en perfecta sincronía (los caminos del revival son inescrutables), enaltecen épocas de gloriosa idiotez y desenfreno, como fueron los años 80 y su Movida. O el Punk. O lo que sea. Con actitudes que valían para entonces pero no para ahora, entusiasmados, sin saberlo, con el recurrente mito del progreso, que tantas veces ha conducido a censuras y guillotinas a nuestra imperfecta sociedad cuando quiso lucir limpia y perfecta.

En todo caso, no vamos a quitar el mérito a nadie de la difícil tarea de tener siempre la razón. Pero a quien tanto salpica también se le puede pedir que se moje. Cabe, por tanto, invitarles, muy cordialmente, a hacer un tenue ejercicio (esta vez sí) de reflexión moral y a tomar conciencia de sus propias acciones. Por ejemplo, a reconocerse y reconocer en público: soy un activista de lo políticamente correcto y, como tal, creo que debo señalar con el dedo a las actitudes (y personas) que actúen de modo ofensivo. A ver quién es el guapo en declararse un censor, con lo poco que mola eso.

Clara Boluda Vías

 

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