9:49 pm - viernes diciembre 14, 2018

¿Y si todo comenzó con un sueño…?

Written by | 21/01/2018 | Comentarios desactivados en ¿Y si todo comenzó con un sueño…?

 
Se encontraba tan cansado que, ni siquiera los ruidos provenientes del exterior consiguieron evitar que, en cuanto su rostro se apoyó en la almohada, sus ojos se cerrasen y perdiese la noción del tiempo y el espacio.

 

No obstante, en contra de lo que pudiera parecer, no estaba dormido, pues sintió cómo su abuelo Julián salía de su habitación y se dirigía a la “quintana”; desde hacía años, el abuelo tenía que levantarse varias veces por la noche para vaciar su vejiga. Esperando que el anciano no estuviese demasiado adormilado, el niño bajó sigilosamente de su lecho, salió a la sala común que hacía las veces de zaguán, comedor y cocina, y esperó que su abuelo volviese de aliviarse.

—¡Xuan! ¿Qué haces despierto a estas horas? —dijo Julián, al verle—. Si se entera tu madre, va regañarte. Anda pa la cama.

—No podía dormir, “güelu” —replicó el niño—. Y pensé que podrías contarme alguna historia de cuando tú eras joven.

—¿Qué quieres? ¿Qué me regañen a mí también? —replicó el anciano, pero el brillo de sus ojos no se correspondía con la desabrida respuesta. Bien sabía el niño que su abuelo solo disfrutaba cuando podía recordar y contar a alguien aventuras —¿quién sabe si reales o no?—, de tiempos más emocionantes.

—Solo un poco, hasta que me entre el sueño —insistió el “guaje”.

—Bueno —asintió el anciano, como Xuan estaba seguro de que haría—. Pero sin hacer ruido. Sentémonos allí, en aquél rincón. Te contaré cómo comenzó todo. Yo era el “fíu” del administrador del conde Fáfila, el señor de estas tierras. Crecí junto a su hijo, Pelayo, que me consideraba su amigo. Un día, mientras Fáfila estaba fuera, en Tuy, adónde había ido por orden del duque de Gallaecia, que en esos días era el príncipe Witiza, el hijo del rey Egica, Pelayo y yo nos habíamos quedado con mi padre en el valle de Sograndiu, porque había que revisar la recolección de las cosechas de las tierras que el conde tenía allí —el anciano entrecerró los ojos y se dejó llevar por sus recuerdos, como tenía por costumbre—. Pelayo me dijo que fuera con él a entrenarnos un poco en el manejo de las armas, de madera, claro, las espadas, y de “blimas” entrelazadas los escudos. Aún éramos muy jóvenes para que nos permitiesen usar las de verdad. Pero, incluso así, cada vez yo salía con el cuerpo lleno de moratones. Y eso que no era torpe, ni mucho menos. Pero Pelayo, aunque de mi misma edad, me sacaba la cabeza. ¡Que mozo más bien plantado! Alto, fuerte, y, lo que era más importante, decidido a ganar cualquier combate, por poco importante que pareciera… Entonces, llegó un correo de Gallaecia y mi padre nos llamó, alterado. Witiza había matado a Fáfila y dado orden de apresar a toda su familia…

El niño juzgó que ya podía interrumpir a su abuelo sin temor a que perdiese el hilo de la historia. —Eso ya me lo has contado muchas veces —le dijo—. Lo único que no me has dicho nunca es por qué el hijo del rey mató al padre de Pelayo.

El anciano carraspeó —Aún eres muy niño para comprenderlo —le dijo—. Cosas de hombres… y de mujeres. Las mujeres lo complican todo. El caso es que Pelayo tuvo que huir a las montañas, a tierras de los pastores astures, y yo le acompañé.

—Sí, eso ya lo sé —repitió el “guaje”—. Sigue más adelante.

—Bueno, pues te contaré que pasó el tiempo, murió el rey Egica, luego su hijo Witiza, y un pariente de Fáfila, el duque Rodrigo, fue elegido rey de los godos. Entonces Pelayo y yo fuimos a la capital, Toledo, y Pelayo, que ya se había convertido en un poderoso guerrero, fue nombrado jefe de los “espatarios”, la guardia personal del rey.

—Sí, sí —se impacientó el niño—. Y Toledo te impresionó. Tantos palacios, tantas iglesias. Tanta gente sabia. Ya me lo has dicho muchas veces. Pero entonces…

—Eso es. Entonces, los hermanos de Witiza, que querían el trono para el hijo de éste, Achila, llamaron en su auxilio a unos hombres de otras tierras, de otra raza y de otra religión, que vinieron desde el sur atravesando el mar…

—Sí, gracias a la ayuda del conde de Ceuta que estaba enfadado con el rey Rodrigo. Pero no me has contado el motivo.

—¿Y por qué te interesa tanto esa parte? Lo que importa es que el conde Olbán les proporcionó barcos para que pasasen el estrecho, el rey Rodrigo bajó hacia el sur para enfrentarse a ellos, Pelayo, naturalmente, iba con él, y yo le acompañaba. Pero también iban con el ejército los partidarios del hijo de Witiza, pues Rodrigo ignoraba que eran los que habían llamado a los invasores, y, cuando comenzó el combate, cambiaron de bando y los leales al rey, cogidos por sorpresa y rodeados, fuimos derrotados. Muy pocos conseguimos sobrevivir, y nos refugiamos aquí, en Asturias, confiando en que lo escarpado de las montañas que nos separaban de la meseta nos sirviera de defensa.

—Pero el hijo de Witiza no consiguió el trono, ¿no?

—No, los invasores tenían sus propios intereses. Obedecían a su rey, al que llamaban el Califa, que vivía muy lejos, hacia el este. Y conquistaron estas tierras para mayor gloria de él y del Dios que adoran, que se llama Allah y les ha hablado por mediación de un profeta. Desde entonces casi toda Hispania está bajo su poder, excepto Asturias, y eso gracias a Pelayo. Te voy a contar todo lo que pasamos después de la derrota, cómo Pelayo y yo, convertidos en fugitivos, llegamos aquí, cómo el jefe de los invasores, se llaman a sí mismos islamistas por el nombre de su religión, se encaprichó de la hermana de Pelayo, Adosinda, cómo la raptó y Pelayo y yo la liberamos, cómo nos refugiamos entre las tribus astures de las montañas, allí yo me casé con Adosinda y Pelayo con Gaudiosa, la hija del jefe de los astures, con lo que esos pastores que vivían alejados, en los montes, decidieron ayudarnos, cómo…

—Todo eso ya me lo has contado muchas veces —volvió a interrumpir el niño—. Ya me lo sé.

—Entonces, ¿qué quieres que te cuente? —preguntó el abuelo.

El niño sonrió. —La batalla en la que derrotasteis a los invasores —dijo; y una parte de él se sorprendió, como todas las noches. ¿Por qué eso precisamente? Lo sabía, incluso mejor que el resto. ¿Por qué no algo que aún no le hubieran contado?[1]

El abuelo volvió a sonreír. Habló como si se sintiera transportado a ese momento y ese lugar. —Allí estábamos nosotros, en la Cueva de la Señora. Recuerdo que mientras un ejército de los invasores avanzaba en nuestra busca, nosotros rezábamos a la Virgen pidiendo su protección. Y bien que la íbamos a necesitar, pues éramos solo un puñado de hombres y mujeres, mientras que los que se acercaban eran tan numerosos que apenas cabían en el estrecho valle que se abría ante nuestros ojos. Cuando el jefe de ellos vio que, aunque pocos, estábamos en un lugar de acceso difícil, envió a un hermano del anterior rey, Oppas, que había sido obispo, a convencer a Pelayo que se rindiese, pero mi amigo, el que ya era mi cuñado y se iba a convertir en mi rey, rebatió los argumentos del traidor y puso su confianza en Nuestro Señor Jesucristo y su Santa Madre. Entonces los enemigos avanzaron hacia la Cueva, y comenzaron a lanzarnos piedras con unos artefactos parecidos a hondas gigantes. Pero Pelayo, despreciando el peligro, saltó a una peña fuera de la Cueva enarbolando en su mano izquierda una cruz de roble, y blandiendo en la derecha su espada. Al verle, los enemigos redoblaron sus lanzamientos, pero los proyectiles fallaban uno tras otro y, tras impactar en la pared rocosa de la montaña, volvía a caer al valle arrastrando tras sí otras piedras sueltas de la ladera y causando gran mortandad entre los que nos atacaban y provocando su desconcierto. Yo podía escuchar detrás de mí a Gaudiosa, Adoisnda y otras mujeres rezando a la Virgen, y, en ese momento, Pelayo gritó con voz potente: “¡Ahora, por Cristo, a ellos!” y se lanzó ladera abajo seguido por todos nosotros. Entre las rocas que caían, avanzamos acuchillando a los enemigos. Los primeros, asustados, bien por las piedras que se les venían encima, bien por la ferocidad de nuestro ataque, intentaron dar media vuelta tropezando con los que les seguían y cayendo unos y otros al suelo. Esto provocó el pánico del resto, que quisieron dar media vuelta, algo realmente difícil en aquel estrecho lugar y se formó un terrible maremágnum. Yo, unos pasos detrás de Pelayo, gritaba enfervorizado…

Y, efectivamente, si no gritando, si había levantado la voz el abuelo llevado de la excitación del combate, porque, alertada por el ruido, su hija, la madre del niño, salió de su habitación. —¿Qué hacéis aquí, a estas horas? —les dijo—. ¡A la cama, que mañana hay que madrugar para “catar” “les vaques”.

Agachando la cabeza, porque es bien sabido que en las caserías, la voz de la dueña de la casa es la ley, abuelo y nieto se dispusieron a obedecer.

—¿Seguirás mañana, “guelu”? —preguntó el  niño en voz baja.

—Sí, “rapaz”, sí —replicó el anciano—. Cuando tu madre no esté cerca.

Confortado por esta promesa, el “guaje” volvió a su lecho y se metió bajo las sábanas.

 

Y, apenas había cerrado los ojos, Pablo se despertó de nuevo. La claridad del amanecer penetraba por la persiana mal cerrada y el rumor de los automóviles que transportaban hacia sus trabajos a cientos de adormilados madrileños se dejaba escuchar con claridad. Intentando aclarar sus pensamientos se levantó, sacudió su cabeza, y se dirigió al cuarto de baño. La impresión del agua fría sobre su rostro le hizo ser más consciente de la realidad. Había vuelto a tener ese sueño. Ese sueño que terminaba de pronto, dejándole con la duda de cómo podría continuar. Era angustiosa la sensación de no poder pasar página y enterarse de lo que ocurriría después… ¡Un momento! ¿Había dicho “página”? Quizás, si ponía por escrito lo que había percibido en su sueño, si lo convertía en su realidad, éste continuase la próxima noche. Con esa esperanza, absurda e improbable, pero estimulante, se sentó delante de su ordenador, lo abrió y comenzó a pulsar las teclas: “Los rayos del sol vespertino se abrían paso a través de las frondosas ramas de los castaños del valle de Sograndiu…”



[1] Este año de 2018 se cumplen 1300 de la batalla de Covadonga. (Según la mayoría de los expertos, aunque hay historiadores que la sitúan en el 722 d.C. Y otros que, simplemente, niegan su existencia).

Pablo Vega

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