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Yuste, paraíso perdido

Written by | 18/05/2014 | Comentarios desactivados en Yuste, paraíso perdido

Para Celia y Peter

Con la biografía Carlos V de Joseph Pérez en la mochila, y la de Carlos V. El césar y el hombre, de Fernández Álvarez, en la cabeza, viajé a Yuste, Cáceres, hace unos días, un viaje que me dejó honda huella. Desde Madrid fui por la Nacional 501, gracias al consejo de mi amigo Iñaki Sánchez Simón, magnífico compañero de viaje y autor de las fotos que ilustran este artículo. En plena primavera la tierra está preciosa, y tanto Madrid, Castilla y León como Extremadura, estallan de belleza y sugerencias. Ya sólo el viaje a Yuste desde Madrid es un gran placer. Por esta carretera se tarda un poco más debido a que hay que ir más despacio por los pueblos, pero si no hay prisa merece la pena por todo lo que ofrecen el campo y las montañas.

Hay opiniones para todos los gustos, pero yo creo que Carlos V se retiró a Yuste fundamentalmente porque estaba muy mal de salud –padecía mucho de gota–, y buscó en el monasterio y en los alrededores algo parecido a un balneario. El lugar es realmente bello, y él lo conocía porque había pasado por aquí con anterioridad. Desgraciadamente no le informaron del paludismo que se desarrollaba en la región, y que lo ha hecho desde entonces hasta hace poco. Parece ser que el estanque que el Emperador mandó construir fue el responsable final de su muerte.

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Pero el lugar es muy hermoso, con aire de paraíso perdido, como escribió el historiador Manuel Fernández Álvarez, y todo allí recuerda a Carlos V, ya desde Jarandilla de la Vera –pueblo que está a unos cuantos kilómetros de Cuacos de Yuste–, donde el Emperador se detuvo en su viaje hacia el monasterio. Allí estuvo unos meses mientras terminaban de construir su palacio, una construcción bastante sencilla y práctica que recuerda a las villas italianas, justo lo que necesitaba el César para lo que le quedaba de vida, apenas dos años.

En Jarandilla de la Vera el Emperador se alojaría en el Castillo de los Condes de Oropesa, que hoy es Parador Nacional, grande y muy bonito, que merece la pena visitar aunque sea superficialmente. Tanto en el Palacio como en los alrededores de Yuste, y en muchos otros lugares de la zona, nos encontramos con la majestuosa águila bicéfala de los Austrias, el escudo del Emperador.

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Carlos V se lleva a su retiro unos cuantos libros, que nos muestran que no debía de ser muy lector –no tan bibliófilo, desde luego, como su hijo Felipe–, pero también sus gustos y preferencias: libros como los Comentarios de Julio César, o las Confesiones de San Agustín. Él mismo había escrito sus Memorias inspirándose en los Comentarios de Julio César, a quien admiraba mucho, como en general a todo lo romano. En Yuste, aparte de oír tres misas diarias, el Emperador se entretendría con mapas y relojes. Mapas de sus antiguos territorios especialmente. Esto indica, y es muy curioso, la afición y el interés de Carlos por el espacio y por el tiempo. También le gustarán los autómatas del ingeniero Juanelo, y disfrutaría del sol que tanto anhelaba en aquel lugar.

El Emperador no dejó de ser quien era, aunque cuando dejó de tener la dignidad imperial pidió que se le retirara también dicho tratamiento. Se fue a Yuste con cincuenta criados y cubrió las paredes de tapices. También se llevó unos cuantos Tizianos, como el retrato de su amada Isabel de Portugal, la Emperatriz, y La Gloria, cuadros que tuvo siempre a la vista. Como Felipe II, mandó que le comunicaran su habitación con la iglesia, para poder oír misa desde la cama. Este detalle, entre otros muchos, relaciona Yuste con el Escorial –Yuste, embrión de El Escorial– y la figura de Carlos V con la de su hijo Felipe II, que tanto se nos venía a la cabeza mientras visitábamos este monasterio.

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La cámara del Emperador estaba cubierta con paños negros en las paredes, por la viudez “permanente” del Emperador, lo que hoy impresiona al visitante en la reconstrucción que se ha hecho del palacio. Antes de morir pidió que se construyera una cripta para albergar su cuerpo, y que mientras ésta se hacía le enterraran debajo del altar mayor, con el cuerpo dentro del propio altar y la cabeza asomando para que el monje que oficiara misa la pisara. Estos gestos revelan la humildad de Carlos V y su extrema religiosidad. También el sarcófago que muestra la tradición como suyo, y que enseñan en Yuste, de madera y herrajes, es muy sencillo y humilde. Pero Carlos V también había dispuesto que fuera Felipe II el que decidiera qué hacer finalmente con sus restos, y éste mandó llevarlos a El Escorial, al Panteón de Reyes, donde hoy descansan.

Eduardo Martínez Rico
Fotografías: Iñaki Sánchez Simón

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